Colombia es un país de contrastes. A primera vista se puede apreciar que la historia reciente de violencia no pudo quebrar el espíritu afectuoso y cálido de su pueblo. Podríamos jurar que todos aquí son festivos, amables y de sonrisa dispuesta. En cuanto a las mujeres, su alegría es proporcional a su belleza: Cali, Medellín, Manizales, Barranquilla, Cartagena, todas son ciudades igualmente famosas por tener las damas más bonitas del país cafetero.

Sin embargo, ayer nuestra primera experiencia en Colombia fue algo más sacra. Con las Amarok ingresamos desde Ecuador por el paso fronterizo de Rumichaca y visitamos el Santuario de Nuestra Señora de las Lajas, una milagrosa construcción enclavada en la ladera de un cañón, con dos arcos de medio punto que forman un puente de 50 metros de altura que cruza el río Guaítara. 

Hicimos noche en la ciudad de Pasto y hoy retomamos la carretera hacia Cali. Durante el camino la constante presencia de fuerzas militares provoca sensaciones encontradas: los controles permanentes de los soldados brindan cierta seguridad, pero no se puede evitar pensar que, pese a los avances en pos de la pacificación, estamos cruzando una zona todavía azotada por los enfrentamientos entre el Ejército, los grupos paramilitares y las organizaciones guerrilleras como las FARC y el ELN.

Con la caravana del Challenge atravesamos sin inconvenientes la zona tropical de Popayán y aliviados llegamos a Cali, en el Valle de Cauca.